Opinión: Acceso de la mujer a la salud
en Chile




Con motivo de la conmemoración del Día de la Mujer la docente del Departamento de Salud Pública UTalca Macarena Said, señala que “las mujeres aportan casi el 80% del trabajo no remunerado, lo que limita de manera importante sus posibilidades de participación laboral formal, situación que, de ocurrir, implicaría lograr mejores sueldos, mejor jubilación y también un mejor seguro de salud”.

Debido a la situación desfavorecida de las mujeres en el plano social, económico y político, a menudo les resulta más difícil proteger y promover su propia salud, incluido el uso eficaz de la información y los servicios de salud (OPS).

En el sistema de salud chileno persisten dificultades que complejizan el acceso de mujeres de forma efectiva a las atenciones de salud, pero sus causas no solo provienen de ese sector propiamente tal, sino también de factores de inequidad del contexto social, donde la desigualdad en el mercado laboral y los elementos discriminatorios que responden a factores culturales, pueden traducirse en un menor acceso a la salud y un mayor costo para ciertos grupos más vulnerables.

ROL HISTÓRICO

En Chile, llevamos épocas creyendo que las mujeres solo se dedican al cuidado de la familia y del hogar. Recién a finales del siglo XX, notamos que estábamos avanzando y haciéndonos espacio hacia otras áreas productivas.

Se podría decir que en la actualidad la mujer avanza a pasos agigantados, abriéndose espacio en el campo laboral formal, pero aún en una situación bastante más desfavorecida que los hombres.

Según datos de la PAHO (2017), en Las Américas, la participación de las mujeres en el campo laboral era de 53% en zonas urbanas, en comparación con un 77% para el caso de los hombres. Además, el 79% de ellas trabajan en sectores de baja productividad, donde las tasas de acceso a la protección social son bajas. En América Latina y el Caribe, las mujeres aportan casi el 80% del total del trabajo no remunerado, lo que limita de manera importante sus posibilidades de participación laboral formal, situación que implicaría lograr mejores sueldos, mejor jubilación y también un mejor seguro de salud.

Las estadísticas muestran que las mujeres vivimos más años que los hombres, pero esos años no necesariamente implican una buena calidad de vida, puesto que durante nuestro ciclo de desarrollo tenemos mayores necesidades de salud, atribuibles quizás, a nuestra función reproductiva y a la carga social asignada no solo al ámbito laboral, sino también al rol de cuidado que nunca dejamos de ejercer, y que aun, hasta esta fecha, tampoco es reconocida ni remunerada.

En Chile, un estudio sobre equidad de género liderado por la Dra. Jeannette Vega (2003), ratifica lo encontrado en otros estudios internacionales: existe una importante inequidad de género en cuanto al ingreso, la situación socioeconómica y laboral, el acceso a la utilización de servicios y el financiamiento de la salud.

En lo que respecta a la cobertura de salud, las mujeres están adscritas al sistema público en una mayor proporción que los hombres, principalmente en los quintiles de ingresos más bajos y en los tramos de edad de mayor riesgo. Lo anterior, no solo se traduce en un mayor requerimiento de salud y una mayor ocupación de los servicios (gasto en salud) de las mujeres, sino que también hace inexequible el acceso a la atención. Así lo demuestran datos de varios países en Las Américas, que evidencian, que entre un 40% y 90% de las mujeres en todos sus grupos etarios, no cuentan con la facilidad económica suficiente para costear sus propios tratamientos médicos.

Mirado desde una perspectiva política, el actual sistema de salud agrega otras limitantes que dificultan el acceso efectivo de las mujeres a la atención de salud. Tenemos un sistema segmentado que deja gran parte de la oferta de salud en manos del mercado, y otra, dejando al beneficiario el poder optar a una salud digna en base a su propio recurso económico. Este mercantilismo sanitario, hace que se genere a su vez, una mayor brecha de género y marca una tremenda inequidad en salud hacia la mujer.

Por otro lado, las prestaciones que ofrece este sistema están organizadas en una estructura priorizada de problemas de salud, que -a su vez- se organizan y se entregan a la población según su grupo etario y el ciclo de vida en que se encuentren. Tal situación hace que no se perciba con claridad si durante la atención de salud, se consideran las diferencias de género que tienen las enfermedades que debiera expresarse en una atención de salud diferenciada.

Aún tenemos una deuda con la salud de la mujer. Creo que debemos continuar generando estudios que evidencien estas diferencias y orientar las políticas públicas hacia la incorporación efectiva de la mujer y su rol, con un abordaje diferenciado en la atención y tratamiento no solo de las enfermedades, sino en la atención de salud general. Tal situación ha sido bien percibida por MJ. Vega en la Revista Medica de Chile (2003): “Necesitamos estudiar si las diferencias de género y rol asociado afectan la tasa de uso de los servicios, la experiencia en salud o puedan condicionar diferencias en los resultados de salud”.

Observo, no obstante, que varias iniciativas en esta temática, ya se vienen ejecutando en el plano internacional, la OPS dejó claro este compromiso el año 2005, al adoptar una política en materia de igualdad de género para los países de las Américas, y dentro de la actual agenda audaz y visionaria de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, la OPS recibe con agrado este debate pendiente acerca de cómo lograr que las mujeres tengamos mayor acceso a la protección social en materia de salud, así también el llamado a la acción relacionado con el empleo de las mujeres y la paridad de sexo.

En esta materia, los pasos para alcanzar la equidad en el campo de la salud deben partir por el reconocimiento básico de que ‘todos’ no son iguales, que tenemos diferencias sociales, económicas y culturales que impactan al acceso de una salud de calidad, que existen diferencias epidemiológicas en las enfermedades, que la demanda de atención es mayor en la mujer y que aun persisten en nuestra sociedad brechas de inequidad, pero estamos en el momento crucial para construir estos cambios sobre la base de una nueva constitución y reformas a la salud, incorporando estas diferencias y traduciéndose en el logro de una salud integral con mayor financiamiento y acceso equitativo a la salud universal.

Macarena Said Galindo
Magíster en Salud Pública, mención Gestión en Salud
Académica Universidad de Talca